Círculo de Escritores de Venezuela
sábado, 2 de noviembre de 2013
Bautizo de nuevo poemario de Luis Beltrán Mago
El sábado 9 de noviembre será bautizado el libro El mar también lo sabe, del poeta y ensayista venezolano Luis Beltrán Mago. El evento tendrá lugar en la Sala Mozart del Colegio Emil Friedman, y la presentación estará a cargo del poeta Benito Raúl Losada.
El autor ha destacado como ensayista: Biografía espiritual de Margarita, Geografía emocional de Cumaná, Andrés Eloy Blanco: Poeta de la pasión, Antonio José de Sucre (Biografía Apologética de una personalidad. Pero es en le poesía donde se manifiesta lo mejor de su talento: Bajel hacia la estrella, Sonetos a la isla, Los pasos de la noche, Sonetos a Caracas, No es tiempo de callar, Y había una muchacel agua y de la lluvia, Los eucaliptos miran hacia el sur, Cartas intemporales, El mar donde nací, Presencia del aire, Morada en el mar, Poemas devocionales (14 sonetos para Andrés Eloy Blanco), Canciones del amor y del viento, Del agua y de la lluvia, Poemas de enero, Itinerario de la sombra, El mundo de la piel y Antología esencial, publicada en el 2009
Ha obtenido importantes premios y galardones nacionales e internacionales. Es un destacado columnista de diarios venezolanos. En varias oportunidades ha sido presidente del Círculo de Escritores de Venezuela y es notable su aporte a la difusión de la literatura venezolana.
Miembros de la actual Junta Directiva
Miembros de la Junta Directiva electos en Asamblea para el período 2012-2014 en el acto comicial llevado a efecto el domingo 27 de mayo de 2012 en la Sala Cabrujas, con las denominaciones de los cargos tal como están señalados en los ESTATUTOS DEL CEV que aparecen en el Registro Público del Segundo Circuito del Municipio Libertador bajo el Nº 36, Tomo 19, Protocolo 1º en fecha 21 de febrero de 1990.
1. Presidente: CARLOS ALARICO GÓMEZ
2. Vice Presidente: JON AIZPÚRUA
3. Secretario General: LUIS BELTRÁN MAGO
4. Secretario de Relaciones Institucionales: MAGALY SALAZAR SANABRIA
5. Secretario de Actas: ROSARIO ANZOLA
6. Secretario de Extensión Cultural: ILDEMARO TORRES
7. Secretario de Promoción y Publicaciones: LIGIA COLMENARES
8. Secretario de Finanzas: LIDIA SALAS
9. Vocal: ALVARO PEREZ CAPIELLO
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Ocho suplentes:
1.- CARLOS PACHECO (Sup. del Vicepresidente)
2.- ENRIQUE VILORIA VERA (Sup. del Secretario General)
3.- EDGAR VIDAURRE (Sup. del Sec. de RR. II.)
4.- JORGE GÓMEZ JIMÉNEZ (Sup. del Sec. de Actas)
6.- LESBIA QUINTERO (Sup. del Sec. de Ext. Cultural)
7.- JASON MALDONADO (Sup. del Sec. de Promoción y Publicaciones
8.- FRANK ZICCARELLI: (Sup. del Secretario de Finanzas)
9.- CARMEN AMERICA OROPEZA (Sup. del Vocal)
DIRECTORA EJECUTIVA: Carmen Cristina Wolf
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CONSEJO CONSULTIVO:
PRESIDENTE: ANA TERESA TORRES
VICEPRESIDENTE: JOSÉ TOMÁS ANGOLA
Miembros del Consejo Consultivo:
Atanasio Alegre, Edda Armas, Rogelio Bianco, Nora Bustamante, Eduardo Casanova, Heberto Gamero Contín, Miguel García Mackle. Carlos Gottberg, Roberto Lovera De Sola, Carmen Mannarino, Marisol Marrero, Inés Muñoz Aguirre,
Lupe Rumazo y Helena Sassone y Carmen América Oropeza.
viernes, 27 de abril de 2012
lunes, 27 de febrero de 2012
GUSTAVO DÍAZ SOLÍS, EN EL ARCO SECRETO DE LO ETERNO
Por Carmen Cristina Wolf
Caracas, febrero de 2012
El Círculo de Escritores de Venezuela rinde homenaje póstumo al escritor venezolano Gustavo Díaz Solís, quien falleció el pasado 16 de enero. Docente, narrador, crítico y traductor de literatura inglesa y norteamericana, Díaz Solís nació en Güiria, Estado Sucre, Venezuela, en 1920. Obtuvo el doctorado en Ciencias Políticas en la Universidad Central de Venezuela, y estudió posgrado en la Universidad de Chicago, en Literatura inglesa y norteamericana. Fue docente en esta materia en la Escuela de Letras de la Universidad Central de Venezuela. Fue Director de la Escuela de Letras en 1974-1976, y Director de la Escuela de Periodismo en la U. C. V.
Obtuvo numerosos premios literarios. Su obra publicada: Marejada (Editorial Bolívar, 1940): Llueve sobre el mar (Cuadernos de la A.E.V., 1943): Cuentos de dos tiempos (Gráficas Panamericanas, México, 1950): Cinco cuentos (Cuadernos de la AEV, 1963): Ophidia y otras personas (Monte Ávila, 1968); Cuentos escogidos (Monte Ávila, 1997). Obtuvo el Premio del Concurso de Cuentos del Semanario Fantoches en 1947. El tercer Premio del Concurso de Cuentos de El Nacional en 1947. En 1995 se hizo acreedor del Premio Nacional de Literatura.
HABLA LA CRITICA
El Papel Literario del diario venezolano El Nacional, cuyo Director es Nelson Rivera, dedica la totalidad de sus páginas del 18 de febrero de 2012, al escritor Gustavo Díaz Solís. La publicación abre con un extenso análisis de Antonio López Ortega. En el último párrafo señala: “Acaso sin saberlo, Díaz Solís cultivó un oficio secreto para producir un libro secreto mantenido como una escritura secreta. Será ya la hora de tensar el arco del reconicimiento de un autor magistral? “De los acorralados -guababa de decir Gonzalo Rojas-, es el Reino…
A continuación, Judit Gerendas ofrece un ensayo sobre la temática central de la cuentística de Gustavo Díaz Solís, que lleva por título “De cazadores y animales”. Gerendas señala: …”La expresividad de estos cuentos, a la vez temática y lírica, se deriva de lo creemos es su nudo temático central: una larga, sostenida y paciente pesquisa. En medio de la luz, del color, de las aguas acariciantes, se van gestando tragedias que carecen de atenuantes.”…Díaz Solís ha logrado crear un undo coherente y sugestivo, único dentro de la narrativa venezolana, en la cual ocupa un lugar primodial y señero… Díaz Solís fue el mejor profesor que tuve cuando fui estudiante en la Escuela de Letras… Elegante, sereno, amable, fue un verdadero maestro, en el sentido más alto del término. Vi con él dos cursos inolvidables, uno sobre Shakespeare y otro sobre Faulkner”…
El Papel Literario publica una extensa entrevista que le hace Carlos Pacheco a Gustavo Díaz Solís, en la que Pacheco expesa: “El niño y el mar es uno de sus mejores cuentos. Deja en el lector una impresión podría decirse directa, muy fresca y convincente del medio natural, de esa playa y de la manera espontánea y tan sensible y corpórea como el niño la experimenta… Me impresiona la atención de sus cuentos hacia el mundo interior de los personajes, no como análisis psicológico, “desde afuera”, sino como vivencia experimentada en el momento, como mera conciencia de sí, libre de interpretación: un sentirse siendo, sin más”…
Desde el “Arco secreto” de lo eterno, el amigo entrañable Gustavo Díaz Solís nos aguarda. Las almas no se separan para siempre.
CARMEN CRISTINA WOLF
Caracas, 18 de febrero de 2012
Caracas, febrero de 2012
El Círculo de Escritores de Venezuela rinde homenaje póstumo al escritor venezolano Gustavo Díaz Solís, quien falleció el pasado 16 de enero. Docente, narrador, crítico y traductor de literatura inglesa y norteamericana, Díaz Solís nació en Güiria, Estado Sucre, Venezuela, en 1920. Obtuvo el doctorado en Ciencias Políticas en la Universidad Central de Venezuela, y estudió posgrado en la Universidad de Chicago, en Literatura inglesa y norteamericana. Fue docente en esta materia en la Escuela de Letras de la Universidad Central de Venezuela. Fue Director de la Escuela de Letras en 1974-1976, y Director de la Escuela de Periodismo en la U. C. V.
Obtuvo numerosos premios literarios. Su obra publicada: Marejada (Editorial Bolívar, 1940): Llueve sobre el mar (Cuadernos de la A.E.V., 1943): Cuentos de dos tiempos (Gráficas Panamericanas, México, 1950): Cinco cuentos (Cuadernos de la AEV, 1963): Ophidia y otras personas (Monte Ávila, 1968); Cuentos escogidos (Monte Ávila, 1997). Obtuvo el Premio del Concurso de Cuentos del Semanario Fantoches en 1947. El tercer Premio del Concurso de Cuentos de El Nacional en 1947. En 1995 se hizo acreedor del Premio Nacional de Literatura.
HABLA LA CRITICA
El Papel Literario del diario venezolano El Nacional, cuyo Director es Nelson Rivera, dedica la totalidad de sus páginas del 18 de febrero de 2012, al escritor Gustavo Díaz Solís. La publicación abre con un extenso análisis de Antonio López Ortega. En el último párrafo señala: “Acaso sin saberlo, Díaz Solís cultivó un oficio secreto para producir un libro secreto mantenido como una escritura secreta. Será ya la hora de tensar el arco del reconicimiento de un autor magistral? “De los acorralados -guababa de decir Gonzalo Rojas-, es el Reino…
A continuación, Judit Gerendas ofrece un ensayo sobre la temática central de la cuentística de Gustavo Díaz Solís, que lleva por título “De cazadores y animales”. Gerendas señala: …”La expresividad de estos cuentos, a la vez temática y lírica, se deriva de lo creemos es su nudo temático central: una larga, sostenida y paciente pesquisa. En medio de la luz, del color, de las aguas acariciantes, se van gestando tragedias que carecen de atenuantes.”…Díaz Solís ha logrado crear un undo coherente y sugestivo, único dentro de la narrativa venezolana, en la cual ocupa un lugar primodial y señero… Díaz Solís fue el mejor profesor que tuve cuando fui estudiante en la Escuela de Letras… Elegante, sereno, amable, fue un verdadero maestro, en el sentido más alto del término. Vi con él dos cursos inolvidables, uno sobre Shakespeare y otro sobre Faulkner”…
El Papel Literario publica una extensa entrevista que le hace Carlos Pacheco a Gustavo Díaz Solís, en la que Pacheco expesa: “El niño y el mar es uno de sus mejores cuentos. Deja en el lector una impresión podría decirse directa, muy fresca y convincente del medio natural, de esa playa y de la manera espontánea y tan sensible y corpórea como el niño la experimenta… Me impresiona la atención de sus cuentos hacia el mundo interior de los personajes, no como análisis psicológico, “desde afuera”, sino como vivencia experimentada en el momento, como mera conciencia de sí, libre de interpretación: un sentirse siendo, sin más”…
Desde el “Arco secreto” de lo eterno, el amigo entrañable Gustavo Díaz Solís nos aguarda. Las almas no se separan para siempre.
CARMEN CRISTINA WOLF
Caracas, 18 de febrero de 2012
sábado, 27 de agosto de 2011
Arthur Rimbaud, el vértigo de las palabras
Por Carmen Cristina Wolf
Y así ascender despacio
en un inmenso amor
de la prisión terrestre
a la belleza del día.
Arthur Rimbaud
Cuando alguien se adentra en el silencio de la reflexión se crea un descalabro magnífico. La persona entra en ebullición, en una relación oficiante palabra-tiempo-acto. Y se siente impelido a que sus acciones acompañen intensamente a sus ideas y sentimientos. Deja de estar escindido. Abandona la tentación de pensar una cosa y decir otra distinta.
Una manera de adentrarse en el alma consiste en despojarse de la máscara y abandonarse en caída libre al centro de sí mismo. Desde allí se mira descarnadamente el desfile de frases que se entrelazan en nuestras cabezas. ¿Acaso no está en ese desfile la raíz de la lealtad o la traición, de la benevolencia o la crueldad, de la sinceridad o el engaño? La manera como las palabras se organizan en nuestra conciencia conforma en buena parte nuestro espíritu.
Vuelvo a leer los poemas de Arthur Rimbaud, Las iluminaciones, Una temporada en el infierno, Carta del vidente, con una sensación de delicioso vértigo, como quien tiene todo el tiempo, e imagino que el poeta ha escrito su obra hace pocos meses, y en cualquier momento llegará a mi puerta y me dirá:
“Y así ascender despacio en un inmenso amor”. Vivimos con la esperanza de alcanzar el amor, si no hay amor, nadie quisiera vivir. Añoramos cada día, cada minuto, cada segundo, cumplir nuestro amor. El arrebato del amor todo lo transforma, se es capaz de conquistar al mundo y escapar de todas las prisiones.
Versos de Rimbaud que expresan la fe del creador-creyente en la palabra, aunque solo fuese durante los días en los que escribió los poemas y luego le atormentara la duda sobre la significación que podían tener sus textos: “la fuerza y el amor que nosotros, de pie ante las furias y las penas, vemos pasar por el cielo tormentoso y las banderas del éxtasis”.
Se encuentra en buena parte de la obra de Rimbaud una insidiosa desesperación, desolación, el exilio del alma, un desierto sin oasis y poblado de espejismos: “El hombre es triste y feo, triste bajo el vasto cielo / Lleva vestidos porque ya no es casto.” Pero es así que el mundo, por más desolador que pueda parecer, guarda también su belleza, sus promesas. Y el joven poeta arde de deseo e ilusiones y escribe: “Por momentos olvido la miseria en que caí / ...viajaremos, cazaremos en los desiertos, dormiremos en las calles de ciudades desconocidas, sin preocupaciones, sin penas. ¡Oh! Esa vida de aventuras que existe en los libros infantiles para compensarme, he sufrido tanto.” La añoranza de la niñez, el anhelo de viajar a ciudades desconocidas, señala un sitio en el mapa de la ilusión, un lugar donde resplandece la belleza y se puede vivir sin preocupaciones, donde hay bailes, risas, alegres atavíos y sobre todo amor, porque Rimbaud jamás podrá “tirar el amor por la ventana.”
Cuesta mucho poner a las palabras a decir lo que el poeta quiere que digan. Él quebranta sus nexos de costumbre, desgrana las cuentas de la conversación para que las palabras regresen a ser ellas mismas, como recién estrenadas.
El poeta venezolano Eugenio Montejo en el libro Muerte y Memoria escribe: “Algunas de nuestras palabras / son fuertes, francas, amarillas / otras redondas, lisas, de madera...” (...) Y en el libro Terredad, el poeta dice: “Esas voces que digo / han rodado por siglos puliéndose en sus aguas, / fuera del tiempo. / Son ecos de los muertos que me nombran / y me recorren como peces.”
La poesía rompe las frases gastadas y ellas –las palabras- relucen sin sus usos habituales. Les arranca la des-significación y la herrumbre que han acumulado de tanto ser pronunciadas.
Las palabras se lanzan y recogen, se re-unen con otras hasta que van adquiriendo un nuevo esplendor. El poeta las teje en la simultaneidad de sus sentimientos y pensamientos, propicia la amistad o la enemistad entre ellas, en la eclosión del impulso de crear.
Se patentiza así la pasión entre las palabras, la seducción de una palabra por otra, el enamoramiento. Y el poema surge con serenidad o fiereza. Las palabras escapan de su cárcel, se ponen bellas, terribles. Como diría Rimbaud:
... “en un golpe de arco... la sinfonía desarrolla su movimiento, en las profundidades.”
“Busca tu alma”, leo en la Carta del Vidente: “Mírala bien, tócala, cultívala.” ¿Sólo los poetas, o todos hemos sido invitados a esta fiesta de búsqueda? Se requiere coraje y fe para mirar hacia adentro, hacia lo desconocido. Se necesita espíritu, hay que calzar las botas del explorador para recorrer los caminos de nuestro proyecto de ser, algunos bastante transitados. Otros hay que inventarlos.
Es necesario “ser vidente, hacerse vidente”, pues “sólo aquél que transforma su mirada y su corazón se encuentra a sí mismo en premio a haber cultivado su alma.”
Mientras somos únicamente espectadores del curso de las cosas, la existencia nos trae de aquí para allá, nos zarandea, nos empuja y detiene. ¿Me gusta ser llevada así, sin oponer resistencia, o prefiero rebelarme, intentar transgredir la ley de la inercia, para que no sean los valores impuestos desde afuera los que determinen mi existencia?
Si no salvamos nuestras palabras del naufragio, ¿quién lo hará? Los hombres viven en el mundo creado por su propio lenguaje. Cuando éste se empobrece todo aparece descolorido, muerto. La sociedad se desmorona desde los cimientos hasta el friso. Se propaga la farsa, la mediocridad. Si dejamos de amar lo que nos es más ínsito, más nuestro, entonces dejamos de amarnos a nosotros mismos y a los demás.
Es inteligente observar, fluir con los cambios como un barco de vela que aprovecha el viento a su favor. Se esperan las corrientes propicias, aunque no se puede aceptar que sean otros los que conduzcan nuestra nave, cuando no nos gusta el mapa que usan, ni confiamos en su brújula. Y no podemos confiar en la gente que no ama el lenguaje.
La poesía arranca las frases de sus caminerías de costumbre. Los poemas que rescatan a las palabras de la tiranía de los usos y significados establecidos, inventando “formas nuevas”, celebran el ritual de una relación simultánea entre pensamiento y sentimiento. Son poemas de vocación perdurable. Estrenan sus ritmos avasallantes, enloquecen la sintaxis y van más allá, mucho más allá, en una “terrible celeridad de la perfección de las formas”, abriéndose en una “fecundidad del espíritu”, hacia “la inmensidad del universo.” (Cursivas extraídas de la Carta del Vidente, de Rimbaud)
En la Alquimia del Verbo, Rimbaud dice su conocidos y luminosos versos:
Inventé el color de las vocales!... Ordené la forma y el movimiento y me jactaba de haber inventado, mediante ritmos instintivos, un verbo poético accesible, un día u otro, a todos los sentidos.
Nos fusionamos unos a los otros gracias a las frases, cuando quedamos metidos en los ritmos que entran por nuestros sentidos. Con sus cadencias, sus asperezas o suavidades; entran por los ojos de la mente, con sus matices y claroscuros; las frases son saladas, picantes, ácidas, amargas o dulces. Ellas tienen su aroma peculiar, su perfume.
Rimbaud se enorgullece de haber inventado “mediante ritmos instintivos”, un verbo poético accesible a los sentidos. Todo está en el ritmo, cada cosa tiene su ritmo: los planetas, las estaciones, la sociedad, los cuerpos, también la conversación y el poema. Las frases se forman a intervalos de inspiración y espiración, de graves y agudos. Cada palabra tiene su tiempo de silencio. Conforman el significado gracias al silencio: sonido-silencio, sonido-silencio, y así.
El silencio está formado de “cientos y cientos de instantes en movimiento”, escribe Rainer M. Rilke. Instantes en los que se expresa lo dicho, que a veces significa tanto como lo no dicho. Todo, desde una frase amorosa hasta las que brotan de la indignación y el odio, está inmerso en el ritmo.
Crear un lenguaje que penetrará en los sentidos, es hablar de un verbo que seduzca el cuerpo con sus significados, a través de la forma, la movilísima forma. Un verdadero poema fija vértigos y significa algo distinto para cada uno. Escribe lo inexpresable con palabras plenas, desbordantes, que se salen del borde de las páginas a fuerza de significar.
En un golpe de arco, los versos se vierten en las intensidades del alma, en un in crescendo sostenido, y ya no pensamos en nada que no sea el poema. Estamos atrapados en el poema, no podemos librarnos de su influencia. Todo lo que no es el poema se desdibuja, pierde peso.
La poesía nos lleva al resplandor del lenguaje, la prisión se abre para asaltar la belleza del día sin proclama alguna, ni arma de fuego.
Y así ascender despacio
en un inmenso amor
de la prisión terrestre
a la belleza del día.
Arthur Rimbaud
Cuando alguien se adentra en el silencio de la reflexión se crea un descalabro magnífico. La persona entra en ebullición, en una relación oficiante palabra-tiempo-acto. Y se siente impelido a que sus acciones acompañen intensamente a sus ideas y sentimientos. Deja de estar escindido. Abandona la tentación de pensar una cosa y decir otra distinta.
Una manera de adentrarse en el alma consiste en despojarse de la máscara y abandonarse en caída libre al centro de sí mismo. Desde allí se mira descarnadamente el desfile de frases que se entrelazan en nuestras cabezas. ¿Acaso no está en ese desfile la raíz de la lealtad o la traición, de la benevolencia o la crueldad, de la sinceridad o el engaño? La manera como las palabras se organizan en nuestra conciencia conforma en buena parte nuestro espíritu.
Vuelvo a leer los poemas de Arthur Rimbaud, Las iluminaciones, Una temporada en el infierno, Carta del vidente, con una sensación de delicioso vértigo, como quien tiene todo el tiempo, e imagino que el poeta ha escrito su obra hace pocos meses, y en cualquier momento llegará a mi puerta y me dirá:
“Y así ascender despacio en un inmenso amor”. Vivimos con la esperanza de alcanzar el amor, si no hay amor, nadie quisiera vivir. Añoramos cada día, cada minuto, cada segundo, cumplir nuestro amor. El arrebato del amor todo lo transforma, se es capaz de conquistar al mundo y escapar de todas las prisiones.
Versos de Rimbaud que expresan la fe del creador-creyente en la palabra, aunque solo fuese durante los días en los que escribió los poemas y luego le atormentara la duda sobre la significación que podían tener sus textos: “la fuerza y el amor que nosotros, de pie ante las furias y las penas, vemos pasar por el cielo tormentoso y las banderas del éxtasis”.
Se encuentra en buena parte de la obra de Rimbaud una insidiosa desesperación, desolación, el exilio del alma, un desierto sin oasis y poblado de espejismos: “El hombre es triste y feo, triste bajo el vasto cielo / Lleva vestidos porque ya no es casto.” Pero es así que el mundo, por más desolador que pueda parecer, guarda también su belleza, sus promesas. Y el joven poeta arde de deseo e ilusiones y escribe: “Por momentos olvido la miseria en que caí / ...viajaremos, cazaremos en los desiertos, dormiremos en las calles de ciudades desconocidas, sin preocupaciones, sin penas. ¡Oh! Esa vida de aventuras que existe en los libros infantiles para compensarme, he sufrido tanto.” La añoranza de la niñez, el anhelo de viajar a ciudades desconocidas, señala un sitio en el mapa de la ilusión, un lugar donde resplandece la belleza y se puede vivir sin preocupaciones, donde hay bailes, risas, alegres atavíos y sobre todo amor, porque Rimbaud jamás podrá “tirar el amor por la ventana.”
Cuesta mucho poner a las palabras a decir lo que el poeta quiere que digan. Él quebranta sus nexos de costumbre, desgrana las cuentas de la conversación para que las palabras regresen a ser ellas mismas, como recién estrenadas.
El poeta venezolano Eugenio Montejo en el libro Muerte y Memoria escribe: “Algunas de nuestras palabras / son fuertes, francas, amarillas / otras redondas, lisas, de madera...” (...) Y en el libro Terredad, el poeta dice: “Esas voces que digo / han rodado por siglos puliéndose en sus aguas, / fuera del tiempo. / Son ecos de los muertos que me nombran / y me recorren como peces.”
La poesía rompe las frases gastadas y ellas –las palabras- relucen sin sus usos habituales. Les arranca la des-significación y la herrumbre que han acumulado de tanto ser pronunciadas.
Las palabras se lanzan y recogen, se re-unen con otras hasta que van adquiriendo un nuevo esplendor. El poeta las teje en la simultaneidad de sus sentimientos y pensamientos, propicia la amistad o la enemistad entre ellas, en la eclosión del impulso de crear.
Se patentiza así la pasión entre las palabras, la seducción de una palabra por otra, el enamoramiento. Y el poema surge con serenidad o fiereza. Las palabras escapan de su cárcel, se ponen bellas, terribles. Como diría Rimbaud:
... “en un golpe de arco... la sinfonía desarrolla su movimiento, en las profundidades.”
“Busca tu alma”, leo en la Carta del Vidente: “Mírala bien, tócala, cultívala.” ¿Sólo los poetas, o todos hemos sido invitados a esta fiesta de búsqueda? Se requiere coraje y fe para mirar hacia adentro, hacia lo desconocido. Se necesita espíritu, hay que calzar las botas del explorador para recorrer los caminos de nuestro proyecto de ser, algunos bastante transitados. Otros hay que inventarlos.
Es necesario “ser vidente, hacerse vidente”, pues “sólo aquél que transforma su mirada y su corazón se encuentra a sí mismo en premio a haber cultivado su alma.”
Mientras somos únicamente espectadores del curso de las cosas, la existencia nos trae de aquí para allá, nos zarandea, nos empuja y detiene. ¿Me gusta ser llevada así, sin oponer resistencia, o prefiero rebelarme, intentar transgredir la ley de la inercia, para que no sean los valores impuestos desde afuera los que determinen mi existencia?
Si no salvamos nuestras palabras del naufragio, ¿quién lo hará? Los hombres viven en el mundo creado por su propio lenguaje. Cuando éste se empobrece todo aparece descolorido, muerto. La sociedad se desmorona desde los cimientos hasta el friso. Se propaga la farsa, la mediocridad. Si dejamos de amar lo que nos es más ínsito, más nuestro, entonces dejamos de amarnos a nosotros mismos y a los demás.
Es inteligente observar, fluir con los cambios como un barco de vela que aprovecha el viento a su favor. Se esperan las corrientes propicias, aunque no se puede aceptar que sean otros los que conduzcan nuestra nave, cuando no nos gusta el mapa que usan, ni confiamos en su brújula. Y no podemos confiar en la gente que no ama el lenguaje.
La poesía arranca las frases de sus caminerías de costumbre. Los poemas que rescatan a las palabras de la tiranía de los usos y significados establecidos, inventando “formas nuevas”, celebran el ritual de una relación simultánea entre pensamiento y sentimiento. Son poemas de vocación perdurable. Estrenan sus ritmos avasallantes, enloquecen la sintaxis y van más allá, mucho más allá, en una “terrible celeridad de la perfección de las formas”, abriéndose en una “fecundidad del espíritu”, hacia “la inmensidad del universo.” (Cursivas extraídas de la Carta del Vidente, de Rimbaud)
En la Alquimia del Verbo, Rimbaud dice su conocidos y luminosos versos:
Inventé el color de las vocales!... Ordené la forma y el movimiento y me jactaba de haber inventado, mediante ritmos instintivos, un verbo poético accesible, un día u otro, a todos los sentidos.
Nos fusionamos unos a los otros gracias a las frases, cuando quedamos metidos en los ritmos que entran por nuestros sentidos. Con sus cadencias, sus asperezas o suavidades; entran por los ojos de la mente, con sus matices y claroscuros; las frases son saladas, picantes, ácidas, amargas o dulces. Ellas tienen su aroma peculiar, su perfume.
Rimbaud se enorgullece de haber inventado “mediante ritmos instintivos”, un verbo poético accesible a los sentidos. Todo está en el ritmo, cada cosa tiene su ritmo: los planetas, las estaciones, la sociedad, los cuerpos, también la conversación y el poema. Las frases se forman a intervalos de inspiración y espiración, de graves y agudos. Cada palabra tiene su tiempo de silencio. Conforman el significado gracias al silencio: sonido-silencio, sonido-silencio, y así.
El silencio está formado de “cientos y cientos de instantes en movimiento”, escribe Rainer M. Rilke. Instantes en los que se expresa lo dicho, que a veces significa tanto como lo no dicho. Todo, desde una frase amorosa hasta las que brotan de la indignación y el odio, está inmerso en el ritmo.
Crear un lenguaje que penetrará en los sentidos, es hablar de un verbo que seduzca el cuerpo con sus significados, a través de la forma, la movilísima forma. Un verdadero poema fija vértigos y significa algo distinto para cada uno. Escribe lo inexpresable con palabras plenas, desbordantes, que se salen del borde de las páginas a fuerza de significar.
En un golpe de arco, los versos se vierten en las intensidades del alma, en un in crescendo sostenido, y ya no pensamos en nada que no sea el poema. Estamos atrapados en el poema, no podemos librarnos de su influencia. Todo lo que no es el poema se desdibuja, pierde peso.
La poesía nos lleva al resplandor del lenguaje, la prisión se abre para asaltar la belleza del día sin proclama alguna, ni arma de fuego.
domingo, 7 de agosto de 2011
LIGIA COLMENARES: PAISAJE URBANO
PAISAJE URBANO
Íngrima ciudad. Blanco sobre negro.
Negro sobre blanco.
Balanceada estructura en el paisaje urbano.
Negro en lo hondo. Fraccionado momento de la aurora.
Canto de soles.
Gigante ojo que vigila la mañana.
Ciudad despierta.
Amada ciudad. Larga tira de acontecimientos.
Ligia Colmenares
01 de julio de 2011. En homenaje a Caracas
Íngrima ciudad. Blanco sobre negro.
Negro sobre blanco.
Balanceada estructura en el paisaje urbano.
Negro en lo hondo. Fraccionado momento de la aurora.
Canto de soles.
Gigante ojo que vigila la mañana.
Ciudad despierta.
Amada ciudad. Larga tira de acontecimientos.
Ligia Colmenares
01 de julio de 2011. En homenaje a Caracas
ALID SALAZAR: CARACAS ABISMAL

Por Alid Salazar
El bullicio de Capitolio define a las gentes del suburbio: “Alos chino” “lleve su hombre Araña” “frescos - helados” Es inevitable el aturdimiento, el roce, el choque y presenciar varias escenas en un mismo instante. A la salida del metro en Mercaderes, me distraigo pensando en esa isla larga que conduce hacia la plaza Bolívar; con su enorme cantidad de palomas haciendo sus figuras en el aire, ancianos que se reunían en la tarde o la mañana a echarse los cuentos de otros tiempos, mientras algunos leían el periódico, otros hablaban de caballos y se entretenían viendo algún juego de ajedrez. Aunque mucha de esa gente aun frecuenta la plaza. El nonagenario italiano vestido de blanco impoluto con su bastón de apoyo, que caminaba delante de mí, fue asaltado por dos morenos altos, mientras uno le ataba las manos con las suyas, el otro le sacaba la cartera y huyeron raudos. “ladroni, guante di seta, ladroni di valuta” Una señora con bolsas de mercado grita “ladrones, agárrenlos”.
Por unos instantes no supe de mi. Me quedé con la impotencia tatuada en el alma. Subí al autobús pensando en la inseguridad de mi ciudad, abstraída por la situación me quedé apiñada entre el gentío, un joven amablemente me cedió un puesto, otro sentado a mi lado leía un periódico oficialista. Yo seguía pensando que no pude hacer nada por el viejecito. “La ciudad está extraña” No contesto. “Pasa algo raro, la siento latente” Avanzamos por la Avenida Baralt, observo sus calles abarrotadas de desperdicios. “Como no va a estar latente” le digo “si a cada instante suceden cosas terribles, fíjate la avenida principal está oscura, el metro está congestionado, las escaleras mecánicas no sirven…” Continué enumerando otros tantos detalles. El chico que quería tomarme el pulso para saber mis opiniones, no resistió y se bajó “Prefiero caminar por Caracas para respirar su aire”
Lo vi brincar algunas alcantarillas salidas de su entorno, lanzarse de la calzada al pavimento porque la basura no lo dejaba avanzar. Desde la ventanilla disfruté La Plaza Miranda, que la remodelaron pero no deja de tener maleantes, hetairas, trasnochados e indigentes. Unas mujeres se lanzaban botellas, se decían groserías y los transeúntes corrían asustados. Cerré los ojos y pensé en la belleza de mi ciudad cuando alguna vez está limpia, sus árboles chispeantes y su gente amable. Pasamos por El Mercado de Quinta Crespo y siento nostalgia; evoco mi infancia cuando acompañaba a mis tías a hacer las compras y aunque nunca me han gustado los mercados, ese era un momento de unión con mi familia, un paseo que no me gustaba pero que con el tiempo ha adquirido su valor sentimental, al igual que el mercado de San Martín. Continuamos avanzando y el tráfico era un caos.
La Plaza Madariaga en El Paraíso, estaba muy oscura, sus árboles la arropaban y las intersecciones la bordeaban autos estacionados. El sonido de la música en el bus estaba muy elevado; era un reggaetón aún así el chofer escuchaba a quién solicitaba parada. La Avenida Páez estaba abrumada por la locura de los conductores. El calor era obstinante, sudé como en un baño de vapor. Pasamos por El Pedagógico y recordé que mi madrina me llevaba de niña, también al liceo Aplicación, donde ella daba clases. Esta es solo una parte de la ciudad que ayer recorrí con mucho temor.
De pronto no sabía a donde iba, vi el restauran El Maracaná, solicité parada cerca del Estadio Brígido Iriarte. Crucé la calle, me senté y solicité al mesonero que me sirviera una cerveza bien fría, tomé mi libreta de notas y comencé a escribir. Un muchacho con el torso desnudo, sus ojos relampagueantes, llenos de temor y de rabia me sorprendió en mi concentración: “¡tengo hambre, dame de comer!” Me quedé mirándolo, no tenía más de diecisiete años, estaba descalzo y sus cabellos ensortijados hacía mucho que no sabían de agua y jabón.
Alid Salazar, venezolana, escritora y actriz de teatro. Humanista
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